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Hace unos 15 años, iniciando mi formación en mejora de procesos, me encontré con este magnífico libro del cual hoy les quiero hablar y cuyo título es “La Meta”, escrito en 1984 por Eliyahu Goldratt.

La Meta describe, en formato de novela, estrategias para optimizar un proceso industrial en un plazo limitado.

Debo reconocer que empecé a leerlo sin muchas expectativas, sin embargo, con su lectura y el paso del tiempo, entendí que me ha marcado mucho más allá de su contenido técnico y el contexto de negocio para el que fue diseñado.

La Meta es un libro que trasmite a los lectores principios generales para la producción y relata los acontecimientos que ha de soportar Alex Rogo, director de una pequeña fábrica en quiebra, para que la corporación a la que pertenece no la cierre definitivamente y despida a todos los trabajadores, como había sucedido anteriormente con otras fábricas de Bearington (pequeña población donde suceden los hechos).

 

La Meta nos introduce al mundo industrial, desde la ciencia y la educación. La ciencia como método que utilizamos para postular una serie mínima de hipótesis que puedan explicar, mediante una derivación directa y lógica, la existencia de ciertos fenómenos de la naturaleza, pero más específicamente los que ocurren en las cadenas de producción.

Y la educación, como un proceso deductivo que nos lleva a observar y aprender, generando interrogantes para postular nuestras conclusiones.

Su método socrático, de estar siempre dispuesto a aprender, partiendo de lo cotidiano, de hacerlo dialogando y con preguntas que nos van llevando a otras a la hora de plantear cómo lograr una meta, no sólo me han ayudado en mi trabajo de consultora sino que ha enriquecido sustancialmente mi forma de abordar las cosas importantes de mi vida.

En esta continuidad metodológica que pude aplicar tanto en temas cotidianos, en mi casa, como en las empresas que asesoro, La Meta me sirvió de inspiración y vehículo para abordar las oportunidades de mejora que se presentan en ambos dominios, desde una lógica deductiva y de aprendizaje continuo.

Centrada en las personas, como protagonistas principales de todo proceso de cambio, mi experiencia como coach completó un conjunto de perspectivas, que cada vez refuerzan más mi convicción que desde lo humano a lo técnico, de lo empresarial a lo familiar, existe una correlación de aprendizajes que si logramos observarla, marca la diferencia.

El conócete a ti mismo late en todas sus páginas; la comprensión de los cuellos de botella; la toma de conciencia de las restricciones, muchas veces auto impuestas y de mis creencias aceptadas sin cuestionamientos, han sido y son muy inspiradoras a la hora de ir elaborando mi propia hoja de ruta.

Centrada en creer y crear oportunidades, siempre co creando con otros los futuros deseados, aprendí que las restricciones muchas veces están en nosotros mismos y no en los demás y las circunstancias.

Dos excusas que en muchas ocasiones nos sirven de refugio en el camino hacia cualquier meta.

Mi principal traducción de lo leído es que somos un centro generador de experiencias, cuyo recurso escaso es el tiempo, nuestra imaginación su combustible y un propósito claro su fuente de riqueza y sentido.

Al leerlo aprendí que las metas son sueños con plazos y entendí que lo que se obtiene al alcanzar nuestras metas no es tan importante como en lo que nos convertimos al lograrlas.

Tu casa Tu empresa es un sinfín de metas que voy transitando y en el cual todos los días aprendo algo nuevo, sin dejar de preguntarme y cuestionarme qué otras maneras más eficaces y eficientes hay para lograr los desafíos que me propongo.

Una meta es valiosa si a primera vista nos parece imposible, ya que requerirá una transformación en nosotros y las condiciones para poder alcanzarla.

Muchas de mis metas siguen estando fuera de mi alcance, pero no fuera de mi vista.

¿Qué tal las tuyas?

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