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Más allá de la organización de la casa y su aporte al bienestar familiar, creo que cuando nos referimos al orden en relación a nuestros niños, estamos no sólo hablando del valor del orden, sino sobre todo del orden como valor.

El orden, internalizado junto a las rutinas diarias a temprana edad, ayuda a construir personalidades más autónomas, más seguras, más responsables, que se irán afianzando y que le permitirán al niño descubrir su propia manera de organizarse, para entrar con paso seguro en la complejidad del mundo adulto.

Esa educación implica, desde mi mirada, no sólo vivir en un orden cotidiano, sino que involucra hacerlos protagonistas, de acuerdo a la edad, en la co-creación y sostenimiento de ese orden. Toda la familia construye y alimenta esa armonía, muchas veces pedimos que “ayuden a ordenar los juguetes”, cuando en realidad lo que debemos lograr es “incorporar” naturalmente el orden y el guardado de “cada cosa en su lugar” como una etapa más del propio juego.

El llevar la ropa sucia al lugar de lavado, el poner/levantar la mesa, son algunas rutinas simples en las que los niños pueden participar. Aprendiendo en familia que “no hay tareas domésticas, sino tareas colaborativas”.
Los niños aprenden del orden muchas cosas y cuanto antes lo hagan, mejor.

Si son los padres quienes recogen el ciento por ciento de los juguetes y ordenan todo en la habitación de los niños, ellos asimilarán esta situación como normal y más adelante en su preadolescencia o adolescencia, les será mucho más difícil incorporar un hábito de orden y organización.

Obviamente, este nivel de involucramiento varía según las edades, pero podemos plantearnos objetivos a medida que crecen, que reflejen el grado de maduración de la participación en el orden, siempre siendo apreciativos y celebrando los logros de los niños, también en esta evolución.

La gurú del orden Marie Kondo, a través del libro para niños “Lili y Teo: La magia de la amistad”, describe las bondades del orden para los más chicos, mostrando página tras página, las alegrías que se logran al poner orden en la vida de dos inseparables amigos.

Aprender a ordenar se logra en la infancia y se mejora a lo largo de la vida.

La mejor forma de enseñar, como en todo, es con el ejemplo, ver a los padres desplegar hábitos de orden y dejar que los niños lo intenten (como por ejemplo, ordenar la ropa) es el mejor modo de transmitir el valor del orden.

Los niños imitan lo que ven, entonces establecer ciertas rutinas, comenzar por pequeñas tareas para poder acostumbrarlos desde un inicio al orden, de forma positiva y siempre con paciencia serán claves para convertir lo que hagamos en un hábito.

Hay particularidades del orden en una casa con niños que debemos tener en cuenta:

  • Aceptar que la casa no será un templo en perfecto orden, pero los principios generales están planteados: cada cosa en su lugar; donar lo que no se usa (una oportunidad única de transmitir vivencialmente la experiencia genuina de dar); sacar lo que ya no sirve o se rompió; definir y respetar rutinas de comidas y baños por ejemplo, suman no sólo al orden de las cosas, sino que contribuyen a darle una estructura de referencia a los niños en la dinámica diaria.
  • Ordenar y enseñar a hacerlo con buen humor y alegría: asociar el juego y la diversión para transmitir la organización a los más chicos. Dar indicaciones con una explicación y una sonrisa siempre. Si nos enfocamos en ello, evitando motivaciones negativas o amenazas, nos sorprenderemos de cómo se incrementa su participación y una noche los encontraremos ayudando a poner la mesa, sin que se lo hayamos pedido.
  • El orden de los juguetes, tanto en la habitación infantil como en un ámbito dedicado a ser juguetero, merece una planificación, igual de enfocada que la de un vestidor o una cocina. Es importante que el lugar de juegos esté delimitado y bien definido para evitar que la casa toda se convierta en un salón de juegos de forma permanente. La agrupación por categorías es útil y ellas deben ser amplias: pelotas, muñecas, legos o juegos de encastre, libros, rompecabezas, juegos de cocina, masas etc., con cestos donde se puedan colocar y acceder fácilmente, dichos contenedores podrán identificarse con colores o fotos de lo que contienen para los más chicos.
  • El espacio para dibujar o pintar podrá evolucionar para ser el lugar de los deberes y tareas. Una buena iluminación; un pizarrón; un lugar para archivar; una caja para lápices y cosas pequeñas; una silla cómoda y una superficie despejada para trabajar son componentes que crecerán con los chicos. El orden físico de la habitación y en particular de este sector, hace también que su cabeza se organice, lo que será de gran ayuda a medida que aumente la complejidad de las tareas. Otro beneficio aparejado es que un espacio ordenado facilitará su atención y concentración.
  • Respecto a la ropa, lo más adecuado será un armario simple, con espacio de colgado y estantes o cajones al alcance de los niños, que propicie su participación activa en su uso. Una buena práctica es que los chicos doblen y guarden su ropa y celebrarlo con ellos, aunque luego, en su ausencia, debamos nosotros emprolijar la misma.

 

El orden es un valor que se aprende de chicos y los ayuda a ser más autónomos y seguros de grandes, les regala mejores espacios para jugar y aprender.

La organización del hogar con ellos es una invitación para divertirnos, disfrutar y
descubrir en familia, el poder transformador del orden: ¡juguemos a ordenar!

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